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Las revoluciones olvidadas Las revoluciones olvidadas Bayardo Altamirano Somos renuentes a poner las cosas en su lugar. Nos cuesta reconocer que en América los pueblos originarios se han levantado durante cinco siglos. Con mayor intensidad en los últimos dos siglos. Con procedimientos diferentes a los de los criollos, los indios no se han inspirado en teorías europeas, sino en sus propias tradiciones. Para la izquierda es ir bastante lejos aceptar que existe una genealogía rebelde emancipadora no ilustrada ni racionalista. El asunto es que el tema no ha merecido atención, pero está en la raíz del pensamiento y de la práctica de los indígenas oprimidos. Hace cinco años nadie celebró el bicentenario de uno de los más trascendentales hechos de la historia latinoamericana. La primera revolución negra triunfó en Haití. Los esclavos comandados por Toussaint L’Overture expulsaron a los colonizadores franceses, en nombre de los mismos ideales que en 1789 llevaron a Francia a derrocar la monarquía. Sin embargo, sólo obtuvieron el rechazo de los revolucionarios de la metrópoli. Dan cólera las palabras de Mirabeau. Cuando la colonia liberada consultó a los revolucionarios franceses sobre la participación de sus habitantes en la elección de la Asamblea Nacional, les respondieron que los derechos del hombre y del ciudadano no se extendían a los negros, porque no eran ciudadanos. Mirabeau llegó hasta el insulto al pedir a la Asamblea Nacional que recordara a los haitianos que “al calcular el número de diputados que corresponden proporcionalmente a la población de Francia, no tomamos en consideración ni el número de nuestros caballos, ni el de nuestras mulas”. Algo similar ocurrió con la revuelta andina de 1780, dirigida y ejecutada por indios, cuyo bicentenario no fue celebrado pese a constituir un claro antecedente de la liberación de las colonias que sobrevendría tres décadas más tarde. Sus líderes más conocidos, Tupac Amaru, Tupac Katari y Bartolina Sisa, siguen siendo referentes de segundo orden frente a San Martín y Bolívar, pese a que estos jamás hubieran podido triunfar sin el debilitamiento del colonialismo provocado por aquéllos. Es cierto que en la década de 1980 los países latinoamericanos estaban gobernados por férreas dictaduras militares, que en modo alguno estaban dispuestas a revisar sus prejuicios históricos. Pero es ilógico que los centroamericanos no recordemos la gesta de los indios salvadoreños. Los rebeldes sustentaron demandas y acciones en sus tradiciones comunitarias y pusieron en práctica sus tradiciones asambleístas, descentralizadas y su tradicional sistema de cargos rotativo. Indagar en esa dirección es el camino elegido en solitario por el zapatismo. Los derechistas celebran la gesta de los criollos, que tuvo sus inicios en Bolivia y Ecuador y su mayor brillo en Buenos Aires, en 1810. Son criollos festejando hazañas de criollos, pero no pasemos por alto la importante ayuda que recibió Bolívar de los haitianos y que en los ejércitos libertadores había una buena proporción de indios y mestizos. Como ironía del destino los festejos que preparan serán financiados por las empresas Unión FENOSA, Repsol, Telefónica y el Banco Santander, que están jugando un activo papel en la recolonización del continente. Una parte sustancial de las ganancias de esas empresas provienen de sus negocios en América Latina. Algunos de sus ejecutivos se muestran muy activos en “promover la democracia”, tratando de derribar a los gobiernos de Venezuela y Bolivia, así como apoyar a la ultra derecha de este continente. Tienen mucho que festejar. En los 90, gracias al neoliberalismo promovido por el Consenso de Washington, volvieron a cargar oro y plata en sus arcas con el mismo entusiasmo que sus antepasados tiempo atrás. Cuando algunos gobiernos les impiden seguir con el saqueo, se dedican a su deporte favorito: conspirar, en nombre de la democracia y el libre mercado, contra las decisiones soberanas de los pueblos. |
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